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sábado, 28 de diciembre de 2013

Visualiza lo que quieres con fe y será tuyo




Ayer conversaba con mi esposa y una amiga acerca del poder de la mente para atraer cosas.
Empezamos hablando de esa teoría de El Secreto y La Ley de la Atracción (puedes leer más aquí), cuestionando si era una farsa o no.
Pues, revisando algunos casos personales nos dimos cuenta que efectivamente cuando tienes un deseo fuerte por algo y cada día lo tienes presenta en tu mente, llega un momento en que las cosas van saliendo como quieres.
Parece una cosa mágica pero si te das cuenta en realidad no tiene nada de extraordinario. Desear algo con mucha fe y fuerza te permite alinear tus comportamientos para conseguirlo. Si cada día tienes presente algo en tu mente, no importa si es de manera positiva o negativa, lo vas a conseguir. Es por ello que las empresas se definen objetivos y estrategias que son la ley de cada día, porque empiezan a actuar para conseguirlo. Si tu defines un objetivo que tienes el deseo real que se cumpla y además pones acción para lograrlo, y cada día estas pensando en lograr ese objetivo, la fuerza de ese deseo te llevará a conseguirlo.
Es simple química mental. Si piensas en algo tangible lo podrás conseguir, pero si piensas en algo muy abstracto será muy difícil. Un ejemplo: por un momento piensa en la palabra CABALLO o PERRO. Poco a poco verás en tu mente su color, su pelaje, su tamaño, etc. Ahora piensa en la palabra NO, sigue pensando en NO... verdad que es un poco más complicado pensar en conceptos abstractos. Es por ello que debemos pensar en cosas tangibles y no en conceptos abstractos.
¡Así que visualiza lo que quieres cada día con mucha fe y fuerza, pon acción y será tuyo!
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El eco



Un padre y su hijo estaban caminando en las montañas. De repente, el hijo se cayó, lastimándose, y gritó:

- ¡Aaaaaayyyy!

Para su sorpresa, oyó una voz que repetía, en algún lugar de la montaña:

- ¡Aaaaaayyyy!

Con curiosidad, el niño gritó:

- ¿Quién está ahí?

Y recibió esta respuesta:

- ¿Quién está ahí?

Enojado, gritó:

- ¡Cobarde!

Y escuchó:

- ¡Cobarde!

El niño miró al padre y le preguntó:

- ¿Qué sucede, papá?

El hombre, sonriendo, le dijo:

- Hijo mío, presta atención -y gritó hacia la montaña-: ¡Te admiro!

Y la voz le respondió:

- ¡Te admiro!

De nuevo, el hombre gritó:

- ¡Eres un campeón!

Y la voz le respondió:

- ¡Eres un campeón!

El niño estaba asombrado, pero no entendía nada. Entonces el padre le explicó:

- La gente lo llama eco, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces.

Nuestra vida es simplemente un reflejo de nuestras acciones. Si desea más amor en el mundo, cree más amor a su alrededor. Si anhela felicidad, dé felicidad a quienes lo rodean. Si quiere una sonrisa en el alma, dé una sonrisa al alma de las personas que conoce. Esto se aplica a todos los aspectos de la vida. Ella nos da de regreso exactamente lo que le hemos dado. Nuestra vida no es una coincidencia, sino un reflejo de nosotros mismos.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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Imaginar soluciones*



En una tarde nublada y fría, dos niños patinaban sin preocupación sobre una laguna congelada. De repente el hielo se rompió, y uno de ellos cayó al agua. El otro cogió una piedra y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas, hasta que logró quebrarlo y así salvar a su amigo.

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: "¿Cómo lo hizo? El hielo está muy grueso, es imposible que haya podido quebrarlo con esa piedra y sus manos tan pequeñas..."

En ese instante apareció un abuelo y, con una sonrisa, dijo:

- Yo sé cómo lo hizo.

- ¿Cómo? -le preguntaron.

- No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

Einstein dijo: Si lo puedes imaginar, lo puedes lograr.

* Historia atribuida a Albert Einstein.
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Ascender por resultados



Juan trabajaba en una empresa hacía dos años. Era muy serio, dedicado y cumplidor de sus obligaciones. Llegaba puntual y estaba orgulloso de que no haber recibido nunca una amonestación. Cierto día, buscó al gerente para hacerle un reclamo:

- Señor, trabajo en la empresa hace dos años con bastante esmero y estoy a gusto con mi puesto, pero siento que he sido dejado de lado. Mire, Fernando ingresó a un puesto igual al mío hace sólo seis meses y ya ha sido promovido a supervisor.

- ¡Ajá! -contestó el gerente. Y mostrando cierta preocupación le dijo-: Mientras resolvemos esto quisiera pedirte que me ayudes con un problema. Quiero dar fruta para la sobremesa del almuerzo de hoy. Por favor, averigua si en la tienda de enfrente tienen frutas frescas.

Juan se esmeró en cumplir con el encargo y a los cinco minutos estaba de vuelta.

- Bien, ¿qué averiguaste?
- Señor, tienen naranjas para la venta.
- ¿Y cuánto cuestan?
- ¡Ah! No pregunté.
- Bien. ¿Viste si tenían suficientes naranjas para todo el personal?
- Tampoco pregunté eso.
- ¿Hay alguna fruta que pueda sustituir la naranja?
- No lo sé, señor, pero creo que...
- Bueno, siéntate un momento.

El gerente cogió el teléfono e hizo llamar a Fernando. Cuando se presentó, le dió las mismas instrucciones que a Juan, y en diez minutos estaba de vuelta. El gerente le preguntó:

- Bien, Fernando, ¿qué noticias me traes?
- Señor, tienen naranjas, las suficientes para atender a todo el personal, y si prefiere, tienen bananos, papayas, melones y mangos. La naranja está a 150 pesos el kilo; el banano, a 220 pesos la mano; el mango, a 90 pesos el kilo; la papaya y el melón, a 280 pesos el kilo. Me dicen que si la compra es por cantidades, nos darán un descuento de diez por ciento. Dejé separadas las naranjas, pero si usted escoge otra fruta debo regresar para confirmar el pedido.
- Muchas gracias, Fernando. Espera un momento.

Entonces se dirigió a Juan, que aún seguía allí:

- Juan, ¿qué me decías?
- Nada, señor... eso es todo. Con su permiso.

Hoy en día reclamamos empoderamiento. Es decir, que los jefes otorguen a sus subalternos la posibilidad de tomar decisiones y responsabilidades por ellas. Pero, ¿están los empleados asumiendo esta función de manera proactiva y automotivada?

El potencial está en las personas. Son ellas quienes deben desarrollarlo y hacerlo conocer de los demás a través de hechos concretos.

* Contribución de Héctor Daniel González, 21 de junio de 2001.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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Lo tuyo y lo mío*



Cuando la señora llegó a la estación, le informaron que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera.

Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fíjamente al joven.

Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta, y pensó: "No podrá ser tan caradura", mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco.

- ¡Gracias! -dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta.

- De nada -contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: "¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!" De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.

Cuántas veces nuestros prejuicios y decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a los demás y cometer graves equivocaciones. Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que juzguemos arbitrariamente a las personas y las situaciones, encasillándolas en ideas preconcebidas alejadas de la realidad.

Por lo general nos inquietamos por eventos que no son reales y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca van a ocurrir.

Dice un viejo proverbio: "Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente; pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera".

* Contribución de Maribel Zupel, 3 de septiembre de 2001.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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El tornillo que le dio el éxito a Alexander Graham Bell

Es normal que al intentar iniciar un emprendimiento o nuevo proyecto en nuestra vida nos topemos en el camino con algunas trabas y obstaculos que muchas veces nos desaniman.

Tenemos una gran ilusión: lograr esa libertad financiera que nos permita tener mejores ingresos, o alcanzar es ascenso en la empresa, ingresar a la universidad, casarnos, etc.

Pero esa energia a veces se nos agota, lo que hace que muchas personas, con grandes sueños, vayan quedando en el camino, sin haber logrado su gran objetivo.

Me gustaría contarte lo que le pasó a Alexander Graham Bell:

Muchas personas afirmaron haber inventado el teléfono antes que Alexander Graham Bell.

Entre los que afirmaban tener patentes anteriores estaban Gray, Edison, Dolbear, McDonough, Vanderweyde y Reis.

Philipp Reis fue el unico que, al parecer, estuvo cerca del éxito. La pequeña diferencia, que resultó ser una gran diferencia, fue un solo tornillo. Reis no sabia que, en caso de haber girado el tornillo un cuarto de vuelta, hubiera transformado la corriente intermitente en corriente continua. Y entonces hubiera alcanzado el éxito!

En la causa seguida ante el Tribunal Supremo, éste señaló:

Que Reis sabía lo que habia que hacer para transmitir el lenguaje por medio de la electricidad es de todo punto evidente, puesto que en su primer escrito decía: “En cuanto sea posible producir, en cualquier lugar y de cualquier manera, vibraciones cuyas curvas sean las mismas que las de cualquier tono o combinación de tonos determinada, recibiremos la misma impresión que aquel tono o aquella combinación de tonos hubieran producido en nosotros”

El tribunal añadía:

Reis descubrió como reproducir los tonos musicales, pero nada mas. Podía cantar a través de su aparato, pero no podia hablar. Desde el principio hasta el final, él mismo lo ha reconocido así.

Reis jamás pensó en ello y no logró transmitir el language telegraficamente. Bell lo hizo y lo consiguió. En tales circunstancias, resulta imposible afirmar que lo que hizo Reis fué una anticipacion del descubrimiento de Bell. Seguir a Reis es fracasar; en cambio, seguir a Bell es alcanzar el éxito. La diferencia entre ambos es simplemente la diferencia entre el fracaso y el éxito. Si Reis lo hubiera seguido intentando, tal vez hubiera hallado el camino del éxito, pero se pasó y fracasó. Bell reanudó su tarea y logró un afortunado resultado.

Pero, que tan lejos podemos estar de alcanzar el éxito?

Nunca lo sabremos a no ser que lo sigamos intentando, tal vez está a la vuelta de la esquina o, como en el caso de Bell, solo a un cuarto de vuelta de un tornillo.

La clave aquí es la persistencia. Debemos seguir intentandolo a pesar de los errores. No veas tus caidas como fracasos, sino solo como formas que te están acercando cada vez más al éxito que tanto estás buscando.
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Valoremos lo que tenemos

 
 
 
 
Stephen Hawking, quien proviene de una familia inglesa de Oxford sin mayores recursos económicos, está paralizado de pies a cabeza por una enfermedad degenerativa que desde hace treinta años ha ido acabando poco a poco su movilidad.
Sin posibilidades de hablar porque una traqueotomía le dañó las cuerdas vocales, está condenado irremediblemente a que lo bañen, lo alimenten y lo vistan.

A pesar de esto, Hawking no se resignó a vivir como un inválido. Se recuperó de una profunda depresión y decidió estudiar física. No solamente se doctoró, sino que dejó una huella profunda en la ciencia.
Por encima de todo, cuando fue descubierta la causa del deterioro de su salud, este hombre no sólo estaba condenado a ser parapléjico, sino que le fueron diagnosticados tres meses de vida, los cuales superó con determinación y espíritu de lucha, para convertirse en la columna vertebral de la física cuántica, y de paso en el científico viviente más reconocido.

A pesar de que únicamente puede mover los ojos y escasamente los dedos de una de sus manos, ha escrito varios libros. Sus publicaciones han vendido millones de copias alrededor del mundo.
Actualmente tiene 60 años, es profesor, está casado y viaja por el mundo dictando conferencias. Vive sentado en una silla de ruedas, a la cual le ha sido integrado un procesador de palabras con 2600 expresiones programadas, de las cuales él escoge una presionando levemente un botón. Paulatinamente va formando las frases, que luego pueden transformarse en habla por medio de un sintetizador.
De esta dificultosa manera Hawking se comunica y escribe sus libros.

Lo maravilloso es que rodeado de estas circustancias ni siquiera ha perdido el sentido del humor.
Stephen Hawking no se descalificó a sí mismo por lo que no tenía y se enfocó en creer que su fuerza y su capacidad de actuar eran los elementos de los que él dependía. En vez de sentirse como una víctima y autocompadecerse, decidió que su voluntad y su poder eran mayores que las circunstancias, por adversas e insuperables que éstas parecieran.
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