sábado, 28 de diciembre de 2013

Lo tuyo y lo mío*



Cuando la señora llegó a la estación, le informaron que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera.

Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fíjamente al joven.

Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta, y pensó: "No podrá ser tan caradura", mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco.

- ¡Gracias! -dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta.

- De nada -contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: "¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!" De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.

Cuántas veces nuestros prejuicios y decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a los demás y cometer graves equivocaciones. Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que juzguemos arbitrariamente a las personas y las situaciones, encasillándolas en ideas preconcebidas alejadas de la realidad.

Por lo general nos inquietamos por eventos que no son reales y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca van a ocurrir.

Dice un viejo proverbio: "Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente; pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera".

* Contribución de Maribel Zupel, 3 de septiembre de 2001.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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El violín de Paganini*



Hubo un gran violinista llamado Paganini. Algunos decían que era una persona extraña. Otros, que había en él algo sobrenatural. La notas mágicas que salían de su violín tenían un sonido diferente, y por eso nadie quería perder la oportunidad de verlo tocar.

Una noche, el escenario estaba repleto de admiradores preparados para recibirlo. La orquesta entró y fue aplaudida. EL director entró y recibió una gran ovación. Pero cuando la figura de Paganini surgió, triunfante, el público deliró. El violinista se puso el instrumento en el hombro, y lo que siguió fue indescriptible: blancas y negras, fusas y semifusas, corcheas y semicorcheas parecían tener alas y volar al toque de aquellos dedos encantados.

De repente, un sonido extraño interrumpió el ensueño de la platea: una de las cuerdas del violín de Paganini se había roto. El director paró. La orquesta se calló. El público estaba en suspenso. Pero Paganini no se detuvo. Mirando su partitura, continuó extrayendo sonidos deliciosos de su violín atrofiado. El director y la orquesta, admirados, volvieron a tocar.

Cuando el público se tranquilizó. de repente otro sonido perturbador atrajo su atención. Otra cuerda del violín se rompió. El director y la orquesta pararon de nuevo, mas Paganini continuó como si nada hubiera ocurrido. Impresionados, los músicos volvieron a tocar.

Pero el público no podía imaginar lo que iba a ocurrir a continuación. Todos los asistentes, asombrados, gritaron un "¡oohhh!" que retumbó por la sala: otra cuerda del violín se había roto. El director y la orquesta se detuvieron. La respiración del público cesó. Pero Paganini seguía: como un contorsionista musical, arrancaba todos los sonidos posibles de la única cuerda que le quedaba al destruido violín. El director, embelesado, se animó, y la orquesta volvió a tocar con mayor entusiasmo. El público iba del silencio a la euforia, de la inercia al delirio.

Paganini alcanzó la gloria, y su nombre corrió a través del tiempo. No fue apenas un violinista genial, sino el símbolo del profesional que continúa adelante aun ante lo imposible.

Cuando todo parece derrumabarse, démonos una oportunidad y sigamos adelante; despertemos al Paganini que existe en nuestro interior. La celebridad es el arte de continuar donde otros resuelvan parar.

* Contribución de Daniel Molina, 9 de agosto de 2001.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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La casa imperfecta*



Un maestro de construcción ya entrado en años estaba listo para retirarse a disfrutar sun pensión de jubilación. Le contó a su jefe acerca de sus planes de dejar el trabajo para llevar una vida más placentera con su esposa y su familia. Iba a extrañar su salario mensual, pero necesitaba retirarse; ya se las arreglarían de alguna manera.

El jefe se dio cuenta de que era inevitable que su buen empleado dejara la compañía y le pidió, como favor personal, que hiciera el múltimo esfuerzo: construir una casa más. El hombre accedió y comenzó su trabajo, pero se veía a las claras que no estaba poniendo el corazón en lo que hacía. Utilizaba materiales de inferior calidad, y su trabajo, lo mismo que el de sus ayudantes, era deficiente. Era una infortunada manera de poner punto final a su carrera.

Cuando el albañil terminó el trabajo, el jefe fue a inspeccionar la casa y le extendió las llaves de la puerta principal. "Esta es tu casa, querido amigo -dijo-. Es un regalo para ti".

Si el albañil hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, seguramente la hubiera hecho totalmente diferente. ¡Ahora tendría que vivir en la casa imperfecta que había construido!

Construimos nuestras vidas de manera distraida, reaccionando cuando deberíamos actuar, y sin poner en esa actuación lo mejor de nosotros. Muchas veces, ni siquiera hacemos nuestro mejor esfuerzo en el trabajo. Entonces de repente vemos la situación que hemos creado y descubrimos que estamos viviendo en la casa que hemos construido. Si lo hubiéramos sabido antes, la habríamos hecho diferente.

La conclusión es que debemos pensar como si estuviésemos construyendo nuestra casa. Cada día clavamos un clavo, levantamos una pared o edificamos un techo. Construir con sabiduría es la única regla que podemos reforzar en nuestra existencia. Inclusive si la vivimos sólo por un día, ese día merece ser vivido con gracia y dignidad.

La vida es como un proyecto de hágalo-usted-mismo. Su vida, ahora, es el resultado de sus actitudes y elecciones del pasado. ¡Su vida de mañana será el resultado de sus actitudes y elecciones de hoy!

* Contribución de Daniel Molina, 1ro de noviembre de 2001.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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Las tres rejas*



El joven discípulo de un filósofo sabio llegó a casa de este y le dijo:

- Maestro, un amigo suyo estuvo hablando de usted con malevolencia.

- ¡Espera! -lo interrumpió el filósofo-. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

- ¿Las tres rejas?

- Sí. La primera es la reja de la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

- No; lo oí comentar a unos vecinos.

- Entonces al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

- No, en realidad no. Al contrario...

- ¡Vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

- A decir verdad, no.

- Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Cuántos malos ratos podríamos evitar si sometiéramos a esas tres rejas todo lo que decimos...

* Contribución de Aquiles Orduña, 9 de noviembre de 2001.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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Los dos halcones*



Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara. Pasados unos meses, el instructor le comunicó que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que no sabía qué le sucedía al otro: no se había movido de la rama desde el día de su llegada a palacio, e incluso había que llevarle el alimento hasta allí.

El rey mandó a llamar a curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar al ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió; por la ventana de sus habitaciones, el monarca veía que el pájaro continuaba inmóvil. Publicó por fin un bando entre sus súbditos solicitando ayuda, y a la mañana siguiente vio al halcón volar ágilmente por los jardines.

- Traedme al autor de ese milagro -dijo.

Enseguida le presentaron a un campesino.

- ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?

Entre feliz e intimidado, el hombrecito explicó:

- No fue difícil, Su Alteza: sólo corté la rama. El pájaro se dio cuenta de que tenía alas y se lanzó a volar.

Así como los seres humanos. Estamos atados al pasado y al presente porque no nos hemos dado cuenta de que tenemos el poder de volar y buscar nuestro verdadero destino.

Algunos tienen el privilegio de que algún acontecimiento rompa la rama de la costumbre, de la seguridad. Sólo entonces se dan cuenta de que son superiores a las circunstancias.

En muchas ocasiones lo tenemos todo y no logramos vivir plenamente; quizá es necesario que alguien nos corte la rama para que podamos arriesgarnos al vuelo. A veces las cosas inesperadas y que en principio parecen negativas son verdaderas bendiciones.

* Contribución de Arturo Dueñas, 24 de noviembre de 2001.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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Relatos e Historias de Motivacion - Si que puedes



¿Qué harías si, a los cuarenta y seis años, te quedaras desfigurado hasta lo irreconocible por un terrible accidente de moto y, cuatro años después, como consecuencia de un accidente de aviación, te vieras paralítico de cintura para abajo? ¿Puedes imaginarte, entonces, siendo millonario, un orador público reconocido, un feliz recién casado que, además, triunfa en el mundo de los negocios? ¿Cómo verías la probabilidad de convertirte en un practicante de deportes de riesgo o en un candidato a un cargo político?
W. Mitchell ha hecho todas esas cosas, y muchas más, después de que dos accidentes horribles le dejaran la cara como una colcha de injertos de piel, las manos sin dedos y las piernas descarnadas e inmóviles en una silla de ruedas.
Las dieciséis operaciones a que se sometió después de quemarse más del sesenta y cinco por ciento del cuerpo en el accidente de moto, lo dejaron sin poder utilizar un tenedor, marcar un número de teléfono o ir al lavabo sin ayuda. Pero Mitchell, antes infante de marina, no se dio jamás por vencido.

—El que está a cargo de mi nave espacial soy yo —decía—. Soy el que llevo los mandos. El que sube y baja soy yo. Yo puedo decidir si veo mi situación como una desventaja o como un punto de partida.

Seis meses después estaba nuevamente pilotando un avión.

Se compró una casa de estilo Victoriano en Colorado, un poco de tierra, un avión y un bar. Más tarde, junto con dos amigos, fundó un equipo para crear una empresa que fabricaba estufas de leña y que llegó a ser la segunda empresa privada del estado de Vermont y a dar empleo a gran cantidad de personas.
Cuatro años después del accidente de moto, el avión que pilotaba Mitchell se estrelló contra la pista durante el despegue, aplastándole las doce vértebras dorsales y dejándole como secuela una parálisis permanente de cintura para abajo.
—Aquello me dejó pensando qué demonios me pasaba. ¿Qué había hecho yo para merecer todo eso?
Impertérrito, Mitchell trabajó día y noche para recuperar toda la independencia posible. Lo eligieron alcalde de Crestsed Butte, Colorado, para salvar al pueblo de la explotación minera que terminaría por arruinarlo desde el punto de vista estético y ecológico. Posteriormente, se presentó como candidatoal Congreso, para lo cual sacó partido de sus desventajas proclamando, por ejemplo, que no era uno de los muchos políticos con buen aspecto.
A pesar de la impresión inicial que producía su aspecto y sus problemas físicos, Mitchell empezó a practicar vela, se enamoró y se casó, estudió hasta conseguir un título de administrador público y continuó volando sin dejar tampoco de mantener su actividad en relación con el medio ambiente ni de hablar en público.
Su fuerte actitud mental positiva le ha dado ocasión de aparecer en diversas programas de radio y televisión en los Estados Unidos, y de publicar editoriales y artículos de fondo en publicaciones como Parade, Time, The New York Times y otras.
—Antes de quedarme paralítico, había diez mil cosas que no podía hacer — dice Mitchell—, y ahora hay nueve mil. Puedo elegir entre quedarme pensando en las mil que perdí o concentrarme en las nueve mil que me quedan. Siempre le digo a la gente que he recibido dos grandes golpes en la vida y que si opto por no usarlos como excusas para abandonar, entonces tal vez pueda mirar desde otro ángulo las cosas que están queriendo desanimarme. Siempre se puede dar un paso atrás, tener una visión más amplia y terminar diciéndose que tal vez las cosas no sean tan graves.
Recuerda: lo que importa no es lo que te sucede, sino la forma en que tú reacciones.
Jack Canfield y Mark V. Hansen
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Método para achicar la soberbia



La soberbia es una forma particular de incapacidad que suele afectar a gobernantes, directivos y funcionarios, pero también a porteros, dirigentes de gremios, empleados públicos y casi todos los pobres mortales que se encuentran de golpe con una escasa cuota de poder.

He aquí un consejo para no caer en la tentación de la soberbia: diríjase a una zona rural por la ruta que más le guste, desnúdese y espere a que anochezca. Cruce entonces el alambrado -con cuidado de no perder ninguno de los atributos de poder- y camine hasta que sienta que está en medio de la soledad más absoluta. Una vez allí, levante la cabeza al cielo y mire las estrellas. En ese instante, visto desde el espacio, usted debe ser algo así como un microbio sobre una pelota de fútbol.

Piense que está parado sobre un minúsculo planeta que gira alrededor del sol, y que el sol es sólo una estrella pequeña entre los millones de estrellas que está viendo y que forman nuestra galaxia. Recuerde, además, que la nuestra es una de millones de galaxias que hace millones de años giran en el espacio.

Una vez que haya hecho esto, ponga los brazos en jarra sobre la cintura, en actitud desafiante, o adopte cualquier otra postura que le parezca adecuada para expresar su inmenso poder, e hinchando las venas del cuello, grite con toda la voz que sea capaz de juntar en ese momento: "¡Soy verdaderamente poderoso!"

Luego, espere el resultado. Si ve que algunas estrellas se sacuden y titilan, no hay problema: es Dios que, a veces, no puede aguantar la risa.

¿Ha notado que la soberbia y la envidia son dos de los más frecuentes defectos de los humanos? Esta lectura sólo nos pone al frente del universo. ¿Se quiere comparar con todos los humanos? La humildad es una de las mejores cualidades de los grandes hombres.

Extraído del libro "La culpa es de la vaca"
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